Había un plan. Por suerte, falló.
De chico siempre supuse que iba a ser un profesional, tal vez médico. Era el plan que mi familia imaginaba para mí y durante un tiempo intenté respetarlo. Fui a medicina, no resultó. Fui a psicología, resultó. Me recibí, hice posgrado y armé una vida profesional estable.
Pero antes de todo eso había aparecido una imagen: un compañero de secundaria, punk-rock a mis ojos, con una golondrina tradicional americana tatuada en la piel. Ese dibujo colorido abrió algo que parecía un agujero negro de misterio, rebeldía y arte.
Con conexión dial-up, en la época de Yahoo y Altavista, empecé a buscar tatuajes. Ahí me encontré con cuerpos completos tatuados por Horiyoshi III, Yoshihito Nakano, maestro de Yokohama. Todavía no sabía cómo, pero algo del horimono ya había entrado en mi vida.
